miércoles, 11 de mayo de 2011

Un viaje sin destino

Miércoles 11 de mayo de 2011. 17:12 EST. Frontera entre Hungría y Eslovenia.

Mi siesta forzada por el aburrimiento había llegado a su fin. Al entreabrir los ojos noté que el sol ya había empezado a bajar y dejaba de colarse sin pedir permiso a través de la ventana del vagón. Esto es una buena señal porque significa que el calor dentro de este pequeño horno a escala especialmente diseñado para humanos empezaría a descender. Recién ahora me doy cuenta que las últimas palabras que escribí en este blog fueron en enero, cuando el denominador común de todos mis posts era el frío que se penetraba hasta los huesos, la nieve que cuando empieza a caer es hermosa, pero cuando cae por una semana seguida sin parar y sin dejarte ver el sol te dan ganas de drogarte con el primer alucinógeno improvisado que tengas a mano para llegar en un instante a otra latitudes de sol, arena y mar.

Esos deprimentes días son partes del pasado. El que es paciente tiene su recompensa tarde o temprano. Desde hace ya dos meses que la nieve desapareció y el verde empezó a reemplazar lentamente al blanco en el paisaje. Mi trabajo también es parte del pasado. Mi plan de trabajar en el invierno para viajar en verano fue un éxito. Sería algo así como sufrir el doble (trabajo+frío) para disfrutar más tarde en igual medida (vacaciones+verano). La oportunidad del trabajo corto que conseguí en Hungría me permitió recarga un poco la billetera que sufría de anorexia desde septiembre y al mismo tiempo realizar viajes cortos por los alrededores, tratando de cortar un poco con la depresión.

Nunca les llegué a escribir sobre Jászberény, la ciudad en la que estuve viviendo desde diciembre, ya estoy tratando de conocerla a fondo (no es tan grande), de aprender la historia y de buscar las mejores fotos para hacer un post completito. Esta ciudad está a unos 100 km de la capital, Budapest. Tiene algunos edificios “altos” (de 4 pisos) pero en su mayoría son casas bajas, conectadas por caminos de tierra y rodeada por unos cuantos ríos. Al irse la nieve me gustó tanto la ciudad que aunque mi trabajo terminó, decidí quedarme unas semanas más antes de volver a Londres.

Mi primera tarea al terminar de trabajar fue buscar un departamento, ya que no podría quedarme en el hotel, por cuestiones económicas y de comodidad. Al no dominar (más que dominar…entender) el idioma se hace bastante difícil leer los clasificados así que tuve que limitarme a preguntarle a conocidos. Al principio pensé que en una ciudad tan chica sería fácil encontrar algo, más que nada habiendo escuchado por ahí que había otra gente del proyecto que se había podrido antes que yo del hotel y estaban viviendo en un departamento.

Consulté a mis conocidos y todos me dijeron que conocían a alguien que alquilaba departamentos, pero luego de hacer las averiguaciones correspondientes ninguno estaba disponible. Como ya saben un argento se la rebusca y el mismo viernes que se terminaba mi reserva en el hotel pensé en alquilar una carpa en un local de camping y acampar unos días al estilo gitano hasta conseguir asilo. Pero ese mismo día apareció el departamento ideal. Céntrico (aunque mucho no importa porque el centro está a 15 minutos caminando de cualquier lado de la ciudad), completamente amueblado y equipado y disponible para mudanza inmediata.

Me tocó justamente en uno de esos pocos edificios con cuatro pisos y el departamento está, como pueden adivinar, en el cuarto piso. Ascensor no hay así que la mudanza la realicé a la vieja usanza. Al terminar cociné mi primera comida casera, después de 4 meses de comida de microondas y sandwichs improvisados, abrí un vino blanco local y me senté en el balcón a admirar la vista panorámica de la ciudad. Durante la segunda copa de vino me pregunté a mi mismo “¿Y ahora? Ya está el departamento...¿qué sigue?”. Definitivamente no me voy a quedar seis semanas tomando vino en el balcón. Los días son soleados, el calor me invita a armar de nuevo las valijas y mi mochila me pide a gritos que la saque a pasear.

En el departamento no tengo Internet, así que me fui al kávéház (casa de café) más cercano con mi laptop para planificar mi próximo movimiento. Ojeando Google Maps veo los países cercanos a Hungría y tirando la moneda decido hacer un viaje de tiempo indeterminado por la ex-Yugoslavia y tal vez Bulgaria. Igual de indeterminados son los destinos específicos. En ese mismo momento reservé cuatro noches en un hostel en Liubliana, capital de Eslovenia, y memoricé los horarios de los trenes desde Budapest. De vuelta en mi hogar armé las mochilas, empaqué solo lo imprescindible y tomé el bus hacia Budapest.



El tren a Liubliana parte al mediodía desde la estación de trenes Déli. El pasaje es parte de esos programas de tickets de tren baratos. En general, desde Budapest se puede ir ida y vuelta a las principales ciudades cercanas por unos 40 o 50 euros. Ese es el precio con descuento. No se que tipo de descuento, porque se lo cobran a todos, sin importar tu edad, si sos estudiante, parte de una minoría, si pesas 150 kg o lo que sea. Ahora, cuando hay mucha demanda de pasajes esos se acaban y te empiezan a cobrar 200 euros o más. Así que ya saben, si van a viajar en temporada alta o en feriados onda Pascuas, Navidad, Fin de Año o lo que sea, compren con anticipación. Esta vez, el pasaje solo de ida (bien a lo aventurero) me salió 29 euros. Muchísimo más barato que un avión, sin el costo oculto del transporte desde y hasta el aeropuerto (que muchas veces sale lo mismo que el vuelo en sí), sin tener que llegar con 2 horas de anticipación para abordar, sin escalas y muchísimo más cómodo.

Personalmente odio los aeropuertos, por razones que ya expliqué en el blog. Y cuando tengo viajes en tren como el de hoy, la diferencia entre los dos tipos de transporte se hace abismal. Son nueve horas de viaje pero el tren va casi vacío. El vagón está compuesto por cubículos para 6 personas, cada uno con una ventana hacia el exterior y una puerta para aislarlo del pasillo. Estoy escribiendo estas líneas mirando como el tren pasa por unos campos interminables de girasoles, ya en Eslovenia, más relajado que en mi propio departamento. El calor ya cedió, si bien el sol sigue lejos del horizonte creo que en menos de una hora voy a tener que cerrar la ventana.

Como empecé diciendo, mi siesta fue interrumpida hace una hora por un golpe en la puerta. Era uno de los policías del control de frontera. Pensé que con todo el cuento de la Unión Europea esas cosas ya no existían. Me pide el pasaporte y le doy mi pasaporte italiano. Lo estudia y me pregunta “¿Yendo a casa?”. “No…todavía no” le contesté. La verdad es que me faltan exactamente tres meses para volver a mi verdadera casa. Me devuelve el pasaporte mientras murmura “hvala” sin mirarme y sin cerrar la puerta. Ya que el muchacho me despertó, aproveché para comer el segundo sándwich de mis provisiones (para los viajes largos en tren recuerden llevar provisiones porque el tren no para y si lo hace no podés bajar a comprar nada, no te da tiempo). Y con esta larga introducción comienza la crónica de un viaje que todavía no ha empezado y no tengo ninguna seguridad de cómo ni cuándo va a terminar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario