miércoles, 26 de enero de 2011

Costumbres Argentinas


Cuando planificamos un viaje por nuestra cuenta creo que una de las preguntas que más nos hacemos es “¿Cuántos días debería ir?” o “¿Con cuantos días alcanza?”. La respuesta nunca es fácil y se responde con otra pregunta “¿que queremos alcanzar?”. ¿Visitar dos horas un pueblo nos da el derecho de decir “yo conozco ese lugar”?. Algunos dirán “Y…depende del tamaño del pueblo y de lo que tenga para ofrecer”.
Durante mis días por Europa conocí varios viajeros, cada uno con distintas expectativas de su viaje y de la vida en general y a todos les hice la misma pregunta: “¿Cuándo considerás que conocés un lugar?”. Lo más gracioso de todo esto es que me decían “Ahh…pero que pregunta pelotuda….bueno….conoces un lugar bien cuando….” Y ahí se quedaban. La mayoría se conforma con visitar los principales lugares turísticos que la ciudad tiene para ofrecer. Unos cuantos me dijeron que tratan de ver y sentir como viven los locales, tratan de mezclarse con ellos. Otros que sienten que conocen un lugar cuando se terminan aburriendo y les dan ganas de irse a otro lado

La respuesta sin lugar a dudas no es sencilla y en este blog no van a encontrar una fórmula mágica para planificar sus próximas vacaciones. La respuesta está en cada uno de nosotros. Conozco gente que viene a Europa por un mes y visita 20 ciudades, estando entre nada y 2 días en cada una. Seguramente así no conocés nada en profundidad, tenés un vago recuerdo de lo que viste y quizás algún souvenir si tuviste tiempo de comprar algo. Esa gente es feliz así porque piensa que maximiza su viaje y me parece genial. Después tenés el otro extremo, conocí una persona viviendo desde hace 15 años vive en Londres que me dice “No la termino de conocer, siempre hay algo nuevo”. Y si…el que busca encuentra, si estás convencido de que cada día vas a encontrar algo distinto, sin dudas lo vas a hacer. En Londres, en Buenos Aires o en dónde sea.

La respuesta más interesante me la dieron hace un mes aproximadamente. Compartiendo un café en Budapest con alguien que había conocido el día anterior disparé la misma pregunta. Lo bueno de moverse y conocer gente nueva cada día es que les podés hacer las mismas preguntas sin parecer un estúpido que siempre habla de lo mismo. Y uno va ganando más y más experiencia con cada conversación, como en la película Goundhog Day. Empecé preguntando que tenía que visitar y/o hacer en Budapest para considerar que la conozco, y la conversación derivó en el ya mencionado “¿Cuándo considerás que conocés a fondo un lugar?”. Esta persona pensó 10 segundos y me contestó algo así como “No pienses demasiado en eso, creo que no hay una mejor forma de conocer un lugar, nunca se va a conocer a fondo. Trato de disfrutar al máximo el tiempo que estoy ahí y listo”.

Palabras muy sabias. Terminó de cerrar lo que más o menos venía pensando. Creo que lo que fui aprendiendo podría resumirse como: Al visitar un lugar nuevo en un tiempo limitado, conviene ir a los lugares más ‘atractivos turísticamente’. Si la cosa se pone aburrida, tratar de ir a los lugares no tan turísticos donde va la gente común para intentar entender como viven ellos el día. Aprender las frases básicas del idioma. Salir por la noche a los clubs más concurridos (practicando un poco las frases aprendidas) a envenenarse con la bebida alcohólica típica (o más pedida por los locales). Y por supuesto, lo más importante de todo y que se hace a lo largo de toda la visita, entender la cultura del pueblo, quienes son, de donde viene y que quieren. Que aman y que odian. En que creen. Cuáles son sus costumbres.
Según Wikipedia, una costumbre es una “práctica social arraigada”, es algo que la mayoría de la gente hace y que podemos esperar presenciar cuando visitamos un lugar en particular. Dénse cuenta que ver estas prácticas es uno de los aspectos más ricos de un viaje, es lo que de alguna forma le da sentido. ¿Vale la pena viajar miles de kilómetros para hacer, ver, sentir, comer, oler y oír lo mismo que en casa? Sin lugar a dudas, no.

El shock cultural más grande lo sufrí en septiembre de 2009 durante el viaje a la India. Los lectores de ese blog saben de lo que hablo. Los que no, es hora de entrar: http://mi-viaje-a-la-india.blogspot.com/. Presenciar el festival del Durga Puja, ver las decoraciones y los bailes típicos, hablar con la gente local y el haber podido entrar a los templos durante ésta época festiva, para mi fue uno de los factores más positivos del viaje que le restó importancia a mis reiterados sucesos de mala suerte y a la imposibilidad de digerir la comida local.

Mientras escribo éstas palabras, un húngaro sentado al lado mío estornudó. El polaco que tengo en frente le dice algo como “Na zdrowie”, el alemán de la otra punta grita “Gesundheit!” y para no quedarme atrás le digo “Salud” (palabra que también la decimos para brindar, no?). En húngaro se dice “egészségedre” (pronunciación), la misma palabra usada para brindar. Es increíble como dos pueblos tan distintos (Húngaros y españoles) usan la misma palabra con el mismo doble significado. Y no somos los únicos. Sin embargo, en otros lugares del mundo como ser en Inglaterra, para brindar se dice “Cheers” también utilizable para despedirse de una persona. Cuando alguien estornuda se le suele desear que “Dios lo bendiga” (God bless you), es una costumbre que se fue fijando porque pensaban que el Diablo vive en el interior de las personas y el estornudo es un signo de que está un poco encabronado y con ganas de salir.

Otra costumbre interesante es que antes de lanzarnos frente a un plato de comida, solemos decir “Buen provecho”, traducible sencillamente a la mayoría de los lenguajes latinos: Buon appetito, Bom apetite, Bon appétit, etc etc. Sin embargo, no existe una traducción literal al inglés. Esto demuestra claramente quienes saben disfrutar de una comida y quienes no, hecho mundiamente conocido. Ya les dije en varias oportunidades que la comida en Inglaterra es realmente mala, en atractivo, calidad y sabor. En Inglaterra si querés ser cordial podés llegar a tirar un “Enjoy your meal” pero no es lo mismo, no es requisito y no marca ninguna diferencia.

Costumbres hay de todo tipo y para la gente ajena a ellas pueden parecer raras, locas, desubicadas y totalmente aberrantes. Ya les comenté un poco sobre el hábito que tiene la gente de Edimburgo de visitar los cementerios y hacer ahí de todo (si, de TODO). Cuando vayan a esta ciudad investiguen sobre la historia del Bobby. El dueño de este perrito murió cuando tenía dos años y el can se pasó toda su vida sobre su tumba. La gente lo alimentaba y le daba abrigo durante los meses de invierno. Eventualmente murió a 14 años después. La intención fue enterrarlo junto con el dueño, pero no se pueden enterrar animales en un cementerio humano, así que lo enterraron justo después de la entrada al cementerio, considerando de alguna forma que esa no era un “área sagrada”. El Bobby se convirtió en un ícono nacional, tiene su propio bar, estatuas, postales, remeras y es costumbre ir a visitarlo a su tumba regularmente.

Hablando de Edimburgo y de costumbres raras, no se olviden de que ahí los hombres usan polleras. Conocí un escocés en The Cavern (Liverpool) que me decía que se sentía súper orgulloso de vestir su pollera y de no llevar absolutamente nada abajo aunque no debía ser del todo cierto porque no la tenía puesta en ese momento y podría ser la excusa ideal para encarar chicas. O sea, todo bien con la pollera, me parece súper masculina, pero no llevar nada abajo con el frío que hace en Edimburgo…me parece poco práctico.
Con respecto a Inglaterra creo que lo más distintivo que me tocó vivir fue la fiesta de Guy Fawkes.
Cuando me enteré que tendría que venir a Hungría, entre las mil cosas que tuve que hacer decidí aprender un poco del idioma. Entré a un par de páginas para iniciarme en el idioma y sentirme más seguro al llegar. En ese momento me di cuenta que sería una misión imposible y que no importaba cuantas veces leyera o escuchara como decir algo, la información se autodestruía de mi cerebro a los 5 segundos. Este idioma merece un post separado, no voy a profundizar en esto ahora. Navegando en Internet, buscando más información, llegué a una página sobre las “buenas costumbres” en Hungría.

Me causó mucha gracia porque decía “los húngaros se saludan con 2 besos, uno en cada mejilla siempre y cuando uno de las dos personas sea una mujer. Sino, es costumbre saludar a cada una de las personas presentes con un apretón de manos no muy fuerte y siempre mirando a los ojos de la otra persona. Negarse a dar la mano es algo muy ofensivo. Se puede llegar a zafar diciendo que nos acabamos de lavar las manos o algo similar”. Al margen de lo antisocial que me resultó este último comentario, fue bastante cómico el relato detallado de cómo dar la mano.
Lo subestimé. Créanlo o no, es una costumbre que acá se respeta. Llegan a la mañana a la oficina y todos van uno por uno dándose la mano. Como mi trabajo es pseudo-esclavo yo soy el primero en llegar y el último en irse no hay nadie cuando lleno ni me voy así que no necesito acatar el protocolo de apretones. Pero en el gimnasio, se te acercan y si estás en el medio de un ejercicio tenés que parar, sacarte el guante derecho, secarte la mano y darle la mano. Recordando siempre no apretar, no realizar ningún movimiento y mantener el contacto visual.


Pero el título del post es “Costumbres Argentinas”. Cuando viajamos por el mundo nosotros no sólo recibimos sino que damos. En el mismo momento que aprendemos de lo que vivimos y de lo que hablamos con los locales, ellos aprenden de nosotros, en especial en éstas “aldeas” como en la que me toca vivir, donde no es común ver o hablar con un extranjero. Todos me preguntan del país, que idioma hablamos, que hacemos, de que vivimos, que comemos, como vivimos, que tomamos, que pensamos y que carajo hago tan lejos de casa. Se ponen locos cuando prueban un mate o cuando les cuento sobre el ritual de un asado.

Esto no termina ahí, también aprenden de nosotros por lo que ven, lo que me lleva a contar una anécdota genial. Como les acabo de contar, estoy encerrado en la oficina 11 horas. Tenemos un transporte que nos pasa a buscar a las 8 am por el hotel y luego nos lleva de vuelta a las 7 pm. Cuando llego al hotel, me cambio y voy corriendo al gimnasio. No tengo nada de tiempo para merendar e ir con el estómago vacío al gimnasio equivale a un rendimiento paupérrimo. Por lo que necesito comer un yogur o algo alrededor de las 5 de la tarde, ya que comer lácteos e inmediatamente después hacer ejercicio supuestamente es malo. En fin...dos horas antes de entrenar tengo entendido que ésta bien.

En la planta hay un kiosco donde puedo comprar el yogur, pero cierra a las 3:30 pm (si…los horarios de atención en este país son ridículos). Necesito alguna forma de conservar el yogur en óptimas condiciones nutricionales desde las 3:30 pm hasta las 5 pm. No tengo heladera en mi piso….ideas?? Algunos dirán “Comételo a las 3:30, no hinches las pelotas y liquidá el post”. Si lo como a esa hora, a las 7 de la tarde me muero de hambre de nuevo. Evalué todas las opciones y se me ocurrió que como hace más frío al aire libre que en una heladera misma, podía comprar el yogur 3:30, ir a mi oficina del octavo piso, abrir la ventana, poner el yogur en la pared exterior y esperar hasta las 5 pm.


Todo funcionó según lo planeado. Mis compañeros de laburo húngaros se reían un poco pero cuando les expliqué el porque admitieron que era una buena solución al problema. Hasta que un día puse el yogur afuera y por alguna razón aún no determinada, cuando cerré la ventana presencié que al igual que los pingüinos y las gallinas, los yogures no vuelan. Se suicidó tirándose desde el octavo piso y encontrando su frío final contra el hielo. Yo solo llegué a decir “Ups…” Justo ese día la oficina estaba llena. Imagínense como se cagaron todos de risa. En fin…todos nos mandamos una cagada de vez en cuando. Pero lo mejor fue cuando vino uno de los pibes y me comentó que uno de mis compañeros, que no había estado presente cuando expliqué porque dejaba el yogur afuera le había dicho “Que costumbres raras que tienen estos Argentos, teniendo un tacho de basura al lado tira el yogur por la ventana”.

Nota: Las últimas cinco fotos no son de mi autoría

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